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El encuentro.
Cuentan que una vez había un niño de unos seis años, perdidamente enamorado de una muchacha de su misma edad. Vivían muy alejados, a miles de kilómetros, y jamás se habían visto, pues se comunicaban por carta.
Pasaba el tiempo y sentían que su amor crecía, la falta de presencia se les hacía difícilmente soportable, así que un buen día el niño decidió ir a encontrarse con su amiga en su pequeña bicicleta. No tenía otro medio a su disposición, pero el deseo era tan grande que nada ni nadie podría impedírselo.
Era difícil determinar la gran superficie que los separaba, y además este chico (como cualquier otro de su edad) no tenía desarrollado el sentido de la orientación y el tiempo. En la última carta pidió a su amiga que le hiciera una descripción del paisaje cercano a su hogar, y ella lo describió de la siguiente forma: había muchos bosques, todo era verde y vivía junto a un pequeño río en una pequeña casita de madera.
Lo único que le faltaba saber era la dirección a tomar para ponerse en marcha hacía aquel país lejano, pues tampoco sabía donde quedaba cada punto cardinal. Cogió una mochila repleta de alimento y bebida y salió disparado una mañana de abril, dispuesto a llegar cuanto antes a su ansiada meta.
Apenas un kilómetro llevaba recorrido cuando pidió consejo a un anciano que cruzaba la calle.
- Señor, ¿qué dirección debo seguir para ir a ...?
El anciano sonrió y le indicó la verdadera dirección a seguir, vista la fuerza y ánimo que el niño poseía.
- Empieza por aquel camino de tierra, luego pregunta a alguien.
Sin más dilación golpeó los pedales y se internó por una senda terriza y a veces de trazado duro y empinado, cosa que hacía pensar a nuestro protagonista que poco a poco iba ganando el cielo.
Finalizaba el día y se vio perdido y casi sorprendido por la noche en una zona forestal un tanto densa. Pensó que ya debía estar cerca de su destino, pues ya al menos todo era verde y había muchos árboles.
Un poco más adelante, cuando las últimas luces crepusculares ya tocaban a su fin en lontananza, apareció en su camino una pequeña casita de madera, rodeada de muchos bosques, suelos fértiles, verdes y húmedos, y para su sorpresa ¡un pequeño río corría junto a ella! ¡Cual sería su rostro al ver tal estampa!
Sin duda alguna debo haber llegado, se dijo asímismo. Llevaba ya horas de camino, muchos sudores y se encontraba muy lejos de casa (apenas a unos cinco kilómetros en realidad), había tomado la dirección y el camino correctos, y la descripción no podía ser más exacta: los árboles, lo verde, la casita de madera y el río.
Se acercó a la puerta y la golpeó nervioso, ansioso y a la vez miedoso de ver a su amiga de una vez por todas. La puerta se abrió y una joven y hermosa niñita rubia de ojos azules lo miró de arriba abajo. Lo vio cansado y fatigado, y lo dejó pasar.
Lo invitaron a comer y a dormir. El chico evitó toda conversación relacionada con el encuentro, pero la idea que él tenía de su amiguita coincidía exactamente con la muchacha que tenía delante de sus ojos, y la amó.
Pasaron los días, dijo a la familia que venía de muy lejos, y que allí con ellos se sentía muy bien, así que lo adoptaron, pues también ellos vivían un poco en soledad y no tenían mucho contacto con la gente.
Muchas veces, nuestro chico se extrañba de que ella no dijera nada de las cartas, pero con el paso del tiempo aprendió a no darle mayor importancia y supuso que sería mejor olvidar el pasado y sentirse bien en ese presente ideal que tenía ahora. Fue así que vivieron felices y enamorados, mientras la amiga real nunca más recibió noticia de su querido amigo, al que creyó haber perdido para siempre.
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